Instantes compartidos
13 de Marzo de 2008 13:34
Por Emilio Hernández
Amy Arbus (hija de la mítica Diane Arbus) manifestó en una ocasión que ella realizaba retratos porque de alguna manera quería llevarse a casa y para toda la vida a la persona retratada. Quería mantener y apoderarse de aquel detalle por el que esa persona la había enamorado. Pretendía guardar para siempre la dulzura, la ironía, la simpatía o la tragedia de quien había llamado su atención.
Cuando colocamos fotos en nuestra cartera, cuando colgamos un retrato en la pared de nuestra casa estamos manteniendo simbólicamente a la persona retratada con nosotros.
¿De dónde viene ese poder mágico que tiene el retrato?
En un artículo fantástico del amigo Sergio Jaén titulado “ Atrapando almas” nos hablaba de la irracionalidad en la que siempre caemos cuando atribuimos “alma” a los retratos de nuestros seres queridos. Pero hay otro factor que nos hace aferrarnos al retrato y es el tiempo. Esa fracción de segundo que existió, ahora gracias al retrato sigue existiendo. La magia de la fotografía nos devuelve aquel instante y nos permite repetirlo una y otra vez. Nuestro paso por la vida no es otra cosa que la suma de instantes compartidos, consecutivos de mayor o menor duración. Nos empeñamos en recoger y plasmar esos instantes, organizarlos de forma temporal en álbumes que repasamos y cuidamos como parte de nosotros.
Recuerdo hace un tiempo cuando una persona a la que acababa de quemársele la casa dijo por televisión: “Lo he perdido todo. Si hubiese podido, habría salvado las fotografías. Toda mi vida estaba allí”. No pensó en el dinero, en los muebles, en los documentos, en ningún otro objeto salvo las fotografías. Era lo único que el futuro no podría reponerle. No eran sólo fotografías, a buen seguro se trataba de los retratos de sus instantes compartidos.




